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¿Como nos salva la Cruz?


PAGANDO LOS PLATOS ROTOS...

El siguiente es un recurso muy interesante para trabajar en Semana Santa. Tiene subtítulos en español pero hay que hacer click en el botón que los activa, CC. Es un video elaborado por la agencia cristiana CRU Global. En sus 4 minutos la producción nos conduce a través de una sucesión de metáforas desde la creación del universo y del hombre hasta la Resurrección del Señor Jesús y la salvación del género humano. Su marcada aproximación existencial, sostenida y resaltada por la fuerte carga simbólica de las escenas, no renuncia en ningún momento a entretejerse con una catequesis clara y explícita. (Tomado de Catholic Link)





Sin embargo, el título nada tiene que ver con la concepción cristiana de la Cruz, ni de la entrega salvadora de Jesús. Él nos salva pero no pagando por todos los pecadores o poniéndose en su lugar para "aplacar" el enojo de Dios. Veamos en el siguiente texto CÓMO NOS SALVA LA CRUZ...


¿Como nos salva la Cruz? (descargar)
En base a un texto de Bernard Sesboüé

A esta pregunta podemos responder: CONVIRTIÉNDONOS.
En la cruz Cristo nos salva dándonos testimonio de un amor que es el único que puede convertirnos. Porque nuestra redención no es algo que tenga lugar entre Jesús y su Padre. Tiene lugar entre Jesús y su Padre por un lado, y notros por otro. El Padre envía a su Hijo para salvarnos. Él viene a compartir nuestra vida, a anunciarnos el reino de Dios, es decir, la misericordia de Dios con todos los pecadores. Se sienta a la mesa con los pecadores. Se invita a casa de Zaqueo. Se deja tocar en casa de Simón por la pecadora pública. Cura a los enfermos. ¿Qué es lo que busca? Simplemente convertirnos: «Arrepentíos y creed el evangelio» (Mc 1,15). Porque Jesús no quiere salvarnos sin nosotros. Viene en cierto modo a «implorar» nuestra conversión a la fe y al evangelio. Pero esta conversión pasa por el uso de nuestra libertad. Ante esta propuesta, siempre somos libres de decir sí o no.
Pero, ¿qué es lo que vemos? Después de un momento de entusiasmo, los que habían escuchado la predicación de Jesús se alejan. Surge el conflicto con las autoridades religiosas y el pueblo. Puesto que su mensaje de amor y de perdón, de justicia y de verdad, no convence, va a echar sobre el todo el peso de su existencia y de su vida. Jesús será mártir de su misión de conversión. Tenía que llegar hasta ahí para cambiar nuestro corazón y hacernos tomar conciencia de nuestro pecado

Desde lo alto de la cruz nos invoca, nos suplica incluso que nos convirtamos al amor.

La «conversión» de Dios a nosotros hasta la muerte nos invita a convertirnos a el y nos da la posibilidad de responder a este amor con nuestro amor. El ejemplo que nos da es más que un ejemplo; es un don, una gracia. Se puede retomar aquí la imagen de la adopción. Una pareja que adopta a un niño le ofrece un nuevo don de vida, porque ha «encontrado gracia» a sus ojos. De este modo le muestran su amor. Le ofrecen así la posibilidad de responder a su vez al amor de sus nuevos padres interiorizando este mismo amor. Pero todo depende también de su aceptación o su rechazo: el injerto familiar puede agarrar o no. ¿No ocurre lo mismo con el gesto de Cristo, que no es el ofrecimiento solo de una reconciliación, sino también de una adopción divina?

En nuestra época se niega la noción misma de pecado. Para algunos jóvenes es incluso un absurdo o un maleficio del que es responsable la civilización judeocristiana. Esta actitud no es sorprendente, puesto que el sentido del pecado y el sentido de Dios van unidos. Reflexionemos un instante.
Un hombre escucha la voz de su conciencia. Comprende que algunos de los actos y de las actitudes de su vida son reproches vivos que él se hace a sí mismo. Tiene vergüenza de haber cometido ciertas acciones y las oculta: mentiras, manejos y traiciones en la lucha por la vida, infidelidades, ambiciones, violencia, etc. Son faltas que empañan la imagen que tiene de sí mismo. Pero ese sentido moral puede irse atrofiando con el tiempo, por el mismo hecho de acostumbrarse a vivir así. Se puede esperar que un día u otro sufra un choque revelador que le haga cambiar su manera de vivir.

Tener sentido de la culpa es necesario para todo hombre. Pero el sentido de la culpa no es todavía el sentido del pecado. Cuando uno considera sus faltas, examina qué hace en primer lugar con relación a uno mismo, y eventualmente también con relación a los demás. El sentido del pecado aparece cuando uno comprende que su falta afecta realmente a Dios y que esta perjudica más a los otros que a uno mismo. Es entonces cuando se ve el pecado como transgresión del doble mandamiento del amor: amar a Dios de todo corazón y a los demás como a uno mismo.

Nótese que la fe cristiana no empieza acusando al hombre de su pecado. El pecado solo está presente en el credo en la , forma del «perdón de los pecados». Es el perdón el que revela el pecado a través de la imagen de Cristo en la cruz. Cuando uno se convierte descubre la gravedad de sus pecados personales y se aparta de ellos. Por eso los santos se consideraron siempre los mayores pecadores de la humanidad.

La belleza del amor es capaz de convertir
Ya evocamos a propósito del mal la belleza del amor. Es menester volver sobre ello, porque es el medio escogido por Jesús para invitarnos a la conversión. Lo que nos conmueve en la muerte de Jesús es esa belleza del amor que va hasta la muerte. De la vinculación entre el amor y la muerte, como de dos electrodos entre los que se crea una corriente eléctrica, brota la luz de la belleza o de la gloria de Dios. ¿Acaso no es esto lo que la representación de la cruz ha tratado de hacer ver a lo largo de los años?
Por eso me atrevo a hablar de seducción. Sin duda el término «seducción» es ambiguo, porque existe también la mala seducción, la de la mujer seducida» por ejemplo. El mismo

Jesús fue acusado de ser un seductor y un farsante. Pero tomemos este término en su sentido positivo, en el que lo usa Jeremías cuando le dice a Dios: «Me has seducido, Señor, y me he dejado seducir» (Jer 20,7). Somos seducidos por toda belleza autentica, y en la cumbre de toda belleza esta el amor, que encierra en sí mismo su propia justificación. Si, Dios ha venido a seducirnos Jesús nos seduce.
La seducción ante el amor pertenece al orden de la experiencia. Las explicaciones no le añaden nada. Se puede sin duda comentar y analizar la Quinta Sinfonía de Beethoven o la Gioconda de Leonardo da Vinci. Pero no se puede probar que esa pieza musical y ese cuadro sean bellos. Es algo que depende de la riqueza interior de cada uno. Lo mismo ocurre al pie de la cruz. Dios se dirige a nosotros como a hombres y mujeres que, además de tener razón, tenemos corazón. Sabe que lo bello es también signo de lo verdadero.

Un amor que hace «ceder» al hombre. Cuando nos hacemos permeables a la prueba por el amor, se produce en nosotros un shock. Todo vacila y algo «cede» o «se quiebra» en nosotros. La idea, por lo demás, es bíblica, ya que Ia encierra la misma palabra «contrición»: el salmo 50 habla de un corazón contrito y «quebrantado». La muerte de Maximiliano Kolbe, nos mostró cómo el mismo miembro de las SS que acepto el intercambio entre Maximiliano y el padre de familia sufrió de alguna manera este «choque». Había sido tocado en lo más profundo de su corazón, cediendo a un movimiento de conversión. Se había encontrado con la belleza del amor.

Estos ejemplos contemporáneos son como etapas intermedias en la comprensión del sentido de la cruz, que nos ayudan a encontrar de nuevo la frescura de todo el peso de humanidad encerrado en este acontecimiento, ante el que corremos el riesgo de quedar embotados. Si la cruz de Cristo, con la intermediación del ejemplo de todos los que han muerto como él, con él y por él, dando testimonio del amor y la verdad, no nos dijera ya nada hoy ¿no tendríamos que lamentarnos de nuestra suerte?

Por lo demás, todo ejemplo de una vida entregada por una causa justa -aunque sea fuera del cristianismo- merece un soberano respeto y nos invita a la conversión; la conversión, por ejemplo, de nuestro egoísmo en olvido de nosotros mismos. La cruz nos salva porque nos convierte.

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